«Temo haber despertado un gigante dormido»: La trágica visión de Isoroku Yamamoto, arquitecto de Pearl Harbor, y su caída
La historia del almirante Isoroku Yamamoto, principal arquitecto del ataque a Pearl Harbor, es una de profundas ironías, pues revela cómo su misión de aplastar la flota estadounidense terminó lanzando a Japón hacia la autodestrucción que él mismo temía y vaticinó.
El estratega visionario que no quería la guerra.
Yamamoto fue un hombre singular, poseedor de una lúcida percepción y un agudo sentido del futuro. A diferencia del optimismo ciego de otros líderes del Imperio, el almirante no quería la guerra con Estados Unidos porque conocía muy bien el poderío militar de ese país. Su conocimiento derivaba de su singular historia: había estudiado en Harvard, dominaba el inglés con fluidez y sirvió como agregado militar en la embajada japonesa en Washington.
Como estratega, Yamamoto entendió que el futuro de la guerra naval estaba en el poderío aéreo y en los portaviones, oponiéndose a la jerarquía naval que aún favorecía los acorazados. Dejó grabadas sus ideas mucho antes del ataque, prediciendo que solo podría moverse «a sus anchas durante seis meses,» y que después de eso, no albergaba esperanzas de tener éxito. De hecho, llegó a lanzar un presagio certero: si la guerra estallaba, «Es probable que Japón quede reducido a cenizas».
Aun así, como soldado que juró lealtad al emperador, aceptó su contradicción con serena resignación: «Si me dicen que tengo que pelear sin que me importen las consecuencias, lo haré con todo fervor durante seis meses o un año».
El ataque a traición y el gigante despertado
El 7 de diciembre de 1941, una flota aérea compuesta por 353 aviones japoneses, apoyada por seis portaviones, atacó por sorpresa la base de la Flota del Pacífico de los Estados Unidos en Pearl Harbor, Hawái. El almirante declaró la guerra «por la espalda,» atacando una hora antes de que los diplomáticos de su país pudieran entregar la declaración formal de ruptura de relaciones en Washington. Esto se debió a que la traducción de los textos al inglés tomó varias horas, lapso en el que cayó Pearl Harbor.
El ataque, que duró noventa minutos, dejó a la flota estadounidense en Hawái prácticamente inutilizada. Cuatro acorazados fueron hundidos, y 188 aviones resultaron destruidos, mayormente en tierra. A pesar del éxito devastador, el vicealmirante a cargo, Chuichi Nagumo, no se atrevió a lanzar una tercera oleada, temiendo la pérdida de más aviones y pilotos japoneses, y notando la ausencia de los portaviones americanos. Yamamoto, quien dirigió el ataque que ayudó a diseñar, estuvo de acuerdo con la prudencia de Nagumo.
Sin embargo, el éxito fue eclipsado por el temor del propio Yamamoto. La leyenda, que coincide con sus pensamientos, afirma que él murmuró: “Temo haber despertado a un gigante dormido”. Al día siguiente, el presidente Franklin D. Roosevelt declararía que el ataque sería «una fecha que vivirá en la infamia».
La Operación Venganza.
La cacería de Yamamoto comenzó cuando Estados Unidos logró un logro decisivo: descifrar «Magic,» el código secreto naval de Japón. Este logro no solo fue vital para la Batalla de Midway, sino que también permitió a EE. UU. descubrir quién había planificado el ataque a Pearl Harbor.
La idea de matar a Yamamoto no era puramente militar, sino una decisión política. Aunque hubo resistencia en los altos mandos por reparos morales y por el riesgo de revelar que poseían los códigos secretos, la tentación fue mayor. La oportunidad perfecta surgió cuando, el 14 de abril de 1943, EE. UU. interceptó un mensaje que detallaba la ruta aérea exacta y el horario de la visita programada de Yamamoto a las bases japonesas en Nueva Guinea y las Salomón.
La misión fue bautizada como «Operación Venganza» y se resolvió atacar el avión del almirante sobre el cielo de Bougainville. Dieciséis cazas P-38, maniobrables y letales, fueron elegidos para la tarea. Confiando en la «férrea puntualidad» de Yamamoto, los pilotos americanos volaron a muy baja altura para evitar los radares.
El 18 de abril de 1943, el bombardero Mitsubishi G4M, tipo “Betty,” en el que viajaba Yamamoto fue interceptado por los P-38. El avión cayó en llamas sobre la jungla. Al día siguiente, se halló a Yamamoto muerto bajo un árbol, con dos impactos de bala, uno de ellos atravesándole la cabeza. La muerte de Yamamoto, considerada una acción fortuita por EE. UU. para mantener a salvo el secreto del código descifrado, fue un golpe tremendo para Japón.
Dieciséis meses después del ataque, Yamamoto yacía muerto. Al final de la guerra, con Japón ardía bajo el fuego atómico, uno de los temores del almirante se había cumplido: Japón había despertado a un gigante dormido.