¿Bebidas «energizantes»? La verdad sobre las drogas estimulantes que consumen los jóvenes en Uruguay
En este momento, un joven se está tomando una de estas bebidas para rendir más en el gimnasio, sin saber que en realidad no aportan más energía que un refresco azucarado. Otro la está usando para no dormirse mientras estudia, aunque la evidencia muestra que dormir es más efectivo para obtener buenas notas. Y en una fiesta, alguien la mezcla con alcohol para combatir el cansancio, ignorando que esta combinación puede llevar a un consumo excesivo y una resaca terrible.
Estos escenarios son cada vez más comunes en Uruguay, donde el consumo de bebidas energizantes se ha disparado. Un estudio reciente de la Universidad de la República arroja luz sobre un problema creciente, revelando quiénes las consumen, por qué lo hacen y qué tan conscientes son de los riesgos reales.
¿Qué son realmente? El gran engaño del marketing
El primer punto a aclarar es que su nombre es una estrategia de marketing. Estas bebidas no proporcionan energía en el sentido nutricional; su efecto proviene de altas dosis de cafeína y otras sustancias como la taurina, que actúan como estimulantes del sistema nervioso central. Su función es atenuar la sensación de fatiga, un efecto enmascarador que, una vez que desaparece, deja al cuerpo con el mismo o más cansancio. De hecho, después del alcohol, son la segunda droga más consumida por los liceales uruguayos.
Radiografía del consumidor: Hombres jóvenes bajo presión.
La investigación se centró en «adultos emergentes», jóvenes de entre 18 y 29 años, una etapa de la vida llena de exigencias académicas, laborales y sociales. Los hallazgos muestran un perfil claro:
• El consumo es mayoritariamente masculino: Las mujeres tienen un 81% menos de probabilidades de haberlas consumido alguna vez en su vida. Esto podría deberse a que el marketing se asocia a comportamientos típicamente masculinos, como los deportes de riesgo y la cultura del gimnasio.
• Motivaciones diversas: Si bien un 21% las consume simplemente porque le gusta el sabor, la mayoría busca un efecto específico. Las principales razones son «obtener energía», «mantenerse activo» y mejorar el «rendimiento» para lidiar con las demandas de la vida contemporánea.
• Un «cope drink»: Se consumen tanto en solitario para estudiar o trabajar, como en un contexto social, principalmente para salir de noche y mezcladas con alcohol. Son vistas como una herramienta para sobrellevar la hiperexigencia actual.
«Sé que hacen mal, pero…»: La baja percepción del riesgo
Aunque un 84% de los jóvenes encuestados reconoce que estas bebidas pueden tener efectos negativos para la salud, existe una gran desinformación. Cuando se les pregunta por los riesgos, muchos no saben qué responder o solo mencionan efectos a corto plazo como la taquicardia.
Esta baja percepción de riesgo se ve reforzada por varios factores:
• El marketing agresivo que las posiciona como un producto inofensivo.
• Su venta libre, incluso a menores de edad.
• Sus envases coloridos y llamativos.
Curiosamente, un estudio previo encontró que los octógonos de advertencia sobre «exceso de cafeína», lejos de desincentivar, propiciaban la compra.
Buscando soluciones más allá de la información
Cuando se les preguntó a los propios jóvenes qué se podría hacer, la mayoría mencionó la necesidad de campañas de educación y comunicación sobre los riesgos. Sin embargo, los expertos advierten que la información por sí sola no es suficiente, como ya se ha visto con el tabaco o el alcohol.
Otras propuestas más estructurales surgieron de los propios consumidores:
• Prohibir la venta a menores de edad.
• Regular o prohibir la publicidad, especialmente en eventos deportivos (una de las marcas es patrocinadora de la selección uruguaya de fútbol).
• Prohibir su venta conjunta con alcohol en locales nocturnos.
Estas ideas reflejan una visión más sistémica: el problema no es solo una decisión individual, sino que el entorno y la presión social facilitan y promueven este consumo. El desafío es desmitificar los supuestos beneficios y regular un mercado que, según las proyecciones, seguirá creciendo a un ritmo del 8% anual. Por suerte, trabajos como este aportan evidencia científica fundamental para empezar a tomar decisiones de salud pública informadas.