Anton Drexler: El arquitecto en las sombras del ascenso de Hitler
El 5 de enero de 1919, mientras Alemania intentaba reconstruirse sobre las cenizas de la Primera Guerra Mundial y bajo la sombra de revoluciones espartaquistas, un pequeño grupo de hombres se reunió en el hotel Fürstenfelder Hof de Múnich,. Nadie imaginaba que en ese salón se estaba incubando la mayor tragedia del siglo XX: la fundación del Partido Obrero Alemán (DAP).
El cerrajero esoterista.
El alma de este movimiento no era un militar ni un político de carrera, sino Anton Drexler, un cerrajero de 35 años vinculado a grupos ocultistas como la Sociedad Thule. Drexler diseñó un programa basado en tres pilares: el antisemitismo, el anticomunismo y el pangermanismo. Aunque al principio coqueteó con ideas anticapitalistas, las abandonó rápidamente para obtener el financiamiento de industriales alemanes.
El espía que se convirtió en líder.
La historia dio un giro definitivo en septiembre de 1919. Un cabo de 30 años llamado Adolf Hitler, que aún se recuperaba de las secuelas de la guerra, fue enviado por el ejército para espiar las actividades del DAP. Hitler encontró la reunión «anodina» hasta que un debate sobre la soberanía de Baviera lo hizo estallar en un discurso fervoroso que impresionó a Drexler.
Drexler vio en Hitler el carisma que a él le faltaba. Lo invitó a unirse y Hitler aceptó, convirtiéndose en el encargado de propaganda,. Bajo el impulso de Hitler, el partido dejó de ser un «club nacionalista» para buscar convertirse en una organización de masas, cambiando su nombre en 1920 a Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP),.
El ocaso del fundador.
La relación entre el creador y su creación no duró mucho. En 1921, Hitler forzó una crisis interna y exigió el control absoluto del partido, desplazando a Drexler a un cargo meramente honorario. El cerrajero que había escrito «Mi despertar político» —texto que Hitler leyó con avidez— vio cómo su pupilo reescribía la historia con su propio libro, Mi lucha.
Drexler renunció al partido en 1923, pero volvió a afiliarse años después, cuando Hitler ya era canciller. Sin embargo, para entonces ya era solo una figura decorativa, un «veterano» utilizado para la propaganda. Murió en 1942, viendo cómo el pequeño grupo que fundó en una fría noche de Múnich amenazaba con destruir al mundo entero.